Ella, siempre ella, siempre la misma, sentada en la orilla del mar, haciendo figuras de pan, arena y manos, con una concentración de esas que sólo se logran en la plena distracción. Contemplaba la filosofía de lo pequeño y significante; una cohesión de arena y sal. Sus manos se articulaban como el fuego, librado al viento, humilde y con una pequeña chispa de orgullo dentro de sí, por saber contener al universo en esa gota de liberación.
Los pensamientos se filtran entre la espuma de las olas. Se van como mariposas inalcanzables, y retenerlos es tan imposible como retener la visión de todo esto que inunda nuestra existencia.
Ella se preguntó por el arte, así, de la nada, como ella misma. Una brisa tomó cuerpo de león y la envolvió por completo, tomando control de todos sus movimientos y todas sus meditaciones. El sonido aumentaba y restaba insaciable, la sensación era agotadora, como la de un sueño en que correr de nada sirve; pero de todas formas no importaba, su mente no estaba siendo suya. Sus ojos se hicieron agua, y sus brazos y piernas arena, dejándola abandonada en una pelea contradictoria en toda su esencia: su alma contra un rugido que la llenaba y completaba; un rasguño constante que la desnudaba de culpa y cultura. El corazón se oprimía a causa de la impotencia y la adrenalina. El león se prepara para un ataque final sobre su conciencia, sentido nada tiene y la culminación de algo es el comienzo de lo que le sucede: un canto celestial, una palabra justa, un equilibrio hecho amor puro. Con un dejo de fantasía y locura siente un ligero susurro, en el rincón de sus oídos:
“No es algo que vas a poder lograr.
No es algo que vas a lograr dejar.
Arte es búsqueda eterna.
Arte es acá y ahora.”
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