martes, 8 de marzo de 2011

Frio.

Escribo poesía a más de media noche para olvidar el frio, mi poco abrigo, la interperie y las bestias que duermen a mi lado y que podrían despertarse con cualquier sonido.
Una de ellas se está despertando por el ruido del lápiz contra el papel, pero no parece enfurecida: el mejor amigo del hombre, por algo le dicen.

Si todo está en mi mente, entonces ¿qué es esta noche, el frio, la carpa que dejé? ¿Fue el calor sofocante lo que me hizo dejarla, o es que tengo que estar acá, ahora, oyendo sólo los grillos y el híbrido entre ronquidos y rugidos de las bestias?
Con una luz tal que no veo lo que estoy escribiendo, sólo es suficiente para saber que hay un cuaderno en frente mio y que lo estoy mamarracheando con un lápiz negro.
Todo esto fue planeado, es extrañamente obvio.
Y los cuerpos muertos.
Y lo frio, y lo siniestro es adorable y misterioso, y el hecho de que pueda escribir sin ver lo que escribo es una ignorancia consoladora.
Muerte, quietud, asfixie y sin embargo un pájaro hace su aparición en ocasiones, corta el café negro con una cucharada de azúcar que se pierde en lo oscuro y por momentos vuelve a endulzar el paladar, o no.
Noche. Frio.
Pero si esto está escrito, esto lo viví, lo estoy viviendo, mi mente llamó a esta noche.

Gracias, noche,
por liberarme.

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