jueves, 9 de enero de 2014

El restaurante

Puede que estés en un restaurante, y no te guste lo que estás comiendo. La carne seca, los fideos pasados, la ensalada mal condimentada; un desastre. Puede que te quedes un rato, viendo si al menos el postre merece toda esta movida, viendo si aparecen cámaras diciendo que era todo una gran joda. Puede que te quedes esperando, o que te vayas decepcionado sin dejar propina.

Sí, puede que hagas eso, o esperes, eventualmente te retires de la misma forma, más enojado quizá.

Puede también que un destello de luz se encienda en tu mente, y decidas caminar hacia la cocina, hacia el fondo del lugar. Tocarías la puerta con la mano, y te abriría el cocinero, o algún asistente. Cuando te abren la puerta, entendés. El cocinero está trabajando como puede, pero las herramientas son precarias. No hay mesadas, quizá, hay sólo tablas de madera apoyadas sobre banquitos. No hay cuchillos afilados sino tramontinas de hace unos años. No hay horno sino quizás algún fuego que han podido improvisar. Te sorprendés, la fachada del lugar parecía buena, quién hubiera dicho que detrás de eso uno se encontraría con semejante precariedad.

Mirás, atónito, este nuevo hallazgo. El asistente te ha abierto la puerta pero no te deja pasar, protege su territorio de forma casi ciega. Te pregunta qué querés, de no muy buena forma, quizás. Lo miras a los ojos. Miras al cheff a los ojos. Ves furia, estrés, molestia, mala actitud. Puede que veas sólo eso. O puede también que un destello de luz se encienda en tu mente, y veas también angustia, tristeza, soledad. Si esto sucede, sentís compasión. Querés ayudar, hacer algo, cambiar algo.

No te dejan entrar. Tienen miedo. Y si entraras, mucho no podrías cambiar sin la ayuda de ellos. Puede que hables con ellos, que los convenzas, que te dejen entrar. Que tus ideas les ayuden, les hagan bien. O puede que no, que sólo sientan rechazo, agobio, y te pidan que te retires. Te retirás pacífico del lugar; pagás y caminás a tu casa, a paso lento.

Puede que ese día sea uno más para el equipo de trabajo del restaurant. El cheff agotado va a su casa, los asistentes reciben su pago y caminan hacia su hostel, la camarera sigue vagando por las calles, todo puede suceder así, con un automatismo gris. Un día más para todos.

O puede que no.

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